Entrevista a Cristóbal Valenzuela Berríos
por el libro “La ciudad se llama Cafeína”.

Por Benjamín Edwards.

 

 

¿Por qué decidiste presentar tu obra en un libro impreso y no con fotografías montadas en una sala?

Mis mayores impactos en cuanto a fotografía de autor fueron primero con libros y después en Internet, no fue ni en galerías ni museos.

A los 11 o 12 o 13 años mi papá, que es constructor, trabajó en el mall Alto Las Condes haciendo los interiores de una juguetería llamada Toyland, la que antes había tenido una sede gigantesca en el Apumanque que en algún momento se incendió, gigantesca según mis recuerdos de infancia, claro.

Bueno, mi papá tenía este trabajo en este mall que estaba partiendo, nos llevaba para allá con mis hermanos y cuando me aburría de estar en la construcción me iba a ver tiendas. En ese momento habían dos librerías ahí que yo encontraba maravillosas, una se llamaba World Book Center y la otra, si no me falla la memoria, era la Librería Inglesa, ninguna de las dos sigue en ese lugar, la primera nunca más la volví a ver en ninguna parte. Yo llegaba a estas tiendas y me quedaba horas sentado mirando libros de arte, ahí profundicé mi aprecio por las publicaciones visuales.

Tengo la impresión que en ese tiempo estaban recién llegando los libros Taschen en español, en los primeros 90s, y de esta editorial me generaron especial impacto el Arh+ de Giger y el libro que sacaron de Otto Dix. En cuanto a fotografía recuerdo el primer libro Taschen sobre Wolfgang Tillmans y uno de Bunny Yeager con portada de Bettie Page. Aquel libro de Tillmans, haciendo una visión retrospectiva, dejo una gran marca en mi camino fotográfico y recién ahora, en este momento, me doy cuenta. De otras editoriales habían dos libros en inglés de Cindy Sherman que me dejaron shockeado. Ahora que lo pienso, resulta bien raro que esos dos libros hayan aparecido en ese mall. Eran unas compilaciones de la etapa de Sherman posterior a la era de disfraces en blanco y negro, o sea esos montajes asquerosos con vómitos, piezas de motel, televisiones y muñecos sexuales. No he vuelto a toparme con esas ediciones desde entonces. También veía escondido de los empleados algunos libros de fotografía erótica de autores que no recuerdo, había un par que me dejaban mareado en mi mente pre púber.

Por insistencia logré que mi padre me comprara en estas librerías una revista especializada en cine de terror llamada Fangoria, la que me dejó marcado eternamente. Era una de la edición en inglés, un número que tenía en la portada a las dos velociraptors asesinas de Jurasic Park pero que lo que más tenía adentro eran fotos ultra gore de películas de bajo presupuesto, fotogramas a todo color bastante extremos. Me imagino que a primeras mi papá pensó que se trataba de una publicación de paleontología y me la compró para fomentar mi interés científico. Esa revista fue mi libro de cabecera por años hasta que se perdió.

Por ese periodo más pre adolescente también empecé a coleccionar comics de súper héroes, leía harto DC, que eran los más accesible, estaban en quioscos, traducidos, seguí toda la muerte Superman, pero mis ediciones favoritas eran los Marvel gringos originales, me habían llegado unos ochenteros por un viaje de mi mamá a Estados Unidos, no entendía nada de las historias porque estaban en inglés, pero me fascinaba la calidad que tenían, lo compacto que eran, las portadas, los dibujos, el entintado, los avisos publicitarios, la unidad estética del total, hasta el olor me gustaba, ahora tomo los que aún conservo y los huelo. Desde ese periodo desarrollé la idea de las publicaciones visuales como objetos de colección, libros-objeto, libros-obras.

No tengo recuerdos de haber ido a alguna exposición de fotos que me generara alguna gran impresión durante los años 90s o 2000s. De hecho recuerdo pocas exposiciones de fotografía a las que haya ido en ese tiempo, entre esas me acuerdo las muestras anuales que se hacían del World Press Photo, otra colectiva donde solo recuerdo unas diapositivas de Bertoni que se veían por unas mirillas y una que hubo de Cartier-Bresson en el Bellas Artes. Me parece que exposiciones importantes de foto en Santiago han empezado a suceder de forma sistemática recién en los últimos años con las de Wolfgang Tillmans, Joel-Peter Witkin, Segio Larraín, Vivian Maier y David LaChapelle.

Cuando me surgió la idea de compilar mis fotos del 2012-14 siempre fue en forma de libro y no de exposición, la decisión se basó en que sentí que éste sería el mejor formato para que el trabajo lograra encontrar su público, una exposición que pueda moverse, encontrarse en librerías, entrar a casas, llegar a sillones, regalarse, prestarse y generar una experiencia individual a cada persona que lo tome. Espero no estar demasiado equivocado con esta decisión.

Por otro lado, me atrae también la posibilidad que ofrece el formato libro para poder ordenar las fotos en una especie de narración, abstracta pero narración al fin y al cabo. Yo vengo del cine, de formación por lo menos, donde todo es más sobre estructura y buscar formas para contar un relato.

¿Me podrías hablar sobre tus referentes e influencias artísticas?

Hay que entender que soy de una generación que culturalmente se alimentó del triunfo neoliberal en Chile y sus importaciones. Nací en 1982 y mis mayores influencias estéticas, las que me marcaron como un tatuaje en mi infancia y primera adolescencia, llegaron de afuera, como los libros extranjeros que mencionaba anteriormente. Me encantaría haber sido forjado por el trabajo fotográfico de la AFI o por el de Sergio Larraín, pero aparte de unos contadísimos artistas chilenos, como creador soy hijo de la tele, los Betamax, los VHS y MTV, la cultura hipervisual del Estados Unidos noventero. Cuando llegó el TV Cable a mi casa entré en un estado absorción cuasi mística, mi muro zen era una pantalla de televisión que funcionaba 24 horas al día. Mis papás se estaban separando así que también era un buen refugio.

No es que haya rechazado las artes plásticas chilenas, pero el arte chileno en los primeros 90s no aparecía ni en la tele, ni en la radio, ni en las revistas, ni en el diario, ni en las librerías del mall. Empecé a apreciar la música y el arte chileno ya casi terminando el colegio, cuando empezó a haber más difusión de la creación nacional, pero antes resultaba más fácil llegar a lo extranjero que a lo local, aunque no tenga ningún sentido así era y, siendo honestos, la situación tampoco ha cambiado mucho que digamos, pero por lo menos ahora tenemos Internet.

Una vez explicado esto, si tuviera que exponer mis influencias creativas, las más grande son dos bandas musicales, una inglesa industrial llamada Coil y una gringa punk llamada Arab on Radar.

Descubrí Coil a la misma edad en que transitaba por las librerías del Alto Las Condes, como a los 13 años. Fue en un programa de la radio Rock & Pop llamado “La Alcantarilla Gaseosa”, empezaba a las 12 de la noche en un día de semana, creo que los miércoles, y era conducido por el Rolo. Cuando escuché esa banda, específicamente el disco “Unnatural History”, viví una especie de relevación o epifanía sobre la capacidad evocativa del arte. Era música experimental electrónica de una banda de la que no sabía nada y que me generaba las imágenes mentales más perturbadoras. Escuchando Coil yo creaba paisajes imaginarios nuevos, como si esa música fuera la creación de otro mundo paralelo. Tiempo después supe de la relación de Coil con el ocultismo, lo me hizo mucho sentido ya que yo mismo estuve muy seducido por esa área, pero dejaré esas inquietudes en el misterio.

Descubrí a Arab on Radar el verano antes de entrar a estudiar cine en el ARCIS y cuando escuché esa música pensé que aquella era la banda que venía buscando toda mi vida. Junto con su fuerza me atrajeron mucho las contradicciones de su sonido, era extremo pero minimalista, era un punk agresivo pero a la vez amable, era una banda decididamente violenta pero también absurda, una música completamente desorientada y perversamente divertida.

Entre esas dos bandas creo que fui definiendo un ideal estético que cruzaba la evocación de imágenes que sugirieran a una catacumba de contenidos y, al mismo tiempo, el trabajo con la espontaneidad, el accidente y la urbanidad. La densa oscuridad contemplativa, ceremonial y minimalista de Coil junto con la distorsión hiperactiva de Arab on Radar, esas dos líneas las veo en mis fotos.

Sobre estas dos bandas que atraviesan todos mis proyectos a niveles ya espirituales, hablando específicamente de “Mi Hogar se llama Cafeína”, tengo referentes audiovisuales más ligados al cine, películas que he estado viendo y repasando en los últimos años, Nicolas Winding Refn, Stanley Kubrick, John Cassavetes, David Fincher, Sidney Lumet, Robert Wise, The Night of The Hunter (1955), Rumble Fish (1983), The Last Picture Show (1971), El tiempo del Lobo (2003), Freaks (1932), mucho Cine Negro Clásico, harto Neo Noir. De alguna forma “Cafeína” lo concibo como un conjunto de frames de una película imaginaria que me gustaría estar viendo, aunque lo paradójico es que no hay nada armado en estas fotos y que este trabajo debería catalogarse de “fotografía documental”.

Profundizando en esto último. ¿Cómo conectas tu trabajo fotográfico con el cine?

El cine nació de la foto, los Lumière tenían una fábrica de artículos fotográficos. Por otra parte la fotografía también le debe su evolución técnica al cine: el 35mm se inventó para el Kinetoscopio de Edison, formato que luego se utilizó en el “Cinematógrafo Lumière” ya que Edison no lo patentó en Europa. Años después el 35mm se aplicó para las cámaras de foto Leica, lo que hizo superar la fotografía por placas de esas cámaras gigantes para pasar a unas mucho más chicas y así ganar en movilidad. Revisando la historia uno ve que el cine y la foto fija se entrecruzan todo el tiempo en su camino: son artes, inventos científicos e industrias hermanas.

Hay muchos fotógrafos convertidos en cineastas, con mayores y menores resultados. A Larry Clark, Robert Frank y Anton Corbijn los prefiero de fotógrafos, pero a Stanley Kubrick y a Raymond Depardon los prefiero de cineastas. En esos dos casos, Kubrick y Depardon, siento que ambos lograron llevar al cine algo propio del oficio fotográfico, como lo hizo David Lynch con la pintura o Cassavettes con sus experiencias como actor: estos directores no dejaron un arte para pasar a otro, sino que sumaron dos artes en uno desarrollando así un nuevo camino de creación bastante propio.

Yo atribuyo la compenetración de Kubrick y Depardon con los personajes de sus películas a sus experiencias como fotógrafos. Teorizo que Kubrick llegaba a ellos a partir de su repetición algo enfermiza con los actores en el rodaje y su composición casi clínica del encuadre. Y Depardon, según yo, lo hacía con la extensión temporal de las tomas en sus documentales, apenas hay cortes cuando hace un seguimiento o una entrevista. La foto tiene mucho de insistir y de saber esperar el momento para que las cosas se revelen como son, la paciencia es parte de la fotografía de autor, y creo que los resultados de esas esperas se ven en el cine de estos dos directores.

En mi caso, guardando todas las dimensiones con Kubrick o Depardon, por su puesto, yo intento llevar mis humildes estudios y experiencias en cine hacia el otro lado, o sea, desde el cine hacía la fotografía, intentando sumar ambas disciplinas para generar imágenes fijas que lleven a una apreciación estilística pero también donde se pueda leer un subtexto y una narrativa.

Describe tu proceso fotográfico a grandes rasgos, de principio a fin.

El proceso parte por estar con la cámara a mano casi todo el tiempo, ocasionalmente la dejo en la casa, y cuando lo hago, suelo arrepentirme sufriendo por todas las fotos que me estoy perdiendo a mi paso.

La segunda parte es caminar y andar en micros, y la verdad, no tengo alternativa, quizás si tuviera auto produciría la mitad de las fotos que hago ahora.

La parte de caminar y andar en micros implica estar siempre atento a potenciales fotos que surjan. En estos desplazamientos voy expectante a situaciones que me parezcan interesantes a nivel estético, narrativo, emocional o evocativo. Cuando se acaba el traslado y llego a mi destino suelo hacer retratos de la gente con la que me encuentro. Esto explica que la mayor parte de mis retratos sean de amigos o familiares y que las calles que registro son las vías por las que me muevo comúnmente.

Las fotos se acumulan y cada una o dos semanas veo todo ese montón, selecciono algunas, y después las edito un poco en photoshop escuchando música, fin. Me parece que cada vez saco más fotos y cada vez selecciono menos.

Eso es a grandes rasgos el proceso, el cual es posible gracias a las facilidades que da la fotografía digital, lo que es un punto fundamental.

En la segunda mitad de los 90s, en mi adolescencia, traté de meterme en la foto con una cámara análoga, una Zenit 122, que era como el Lada de la fotografía, pero por muy barata que haya sido la cámara las limitantes económicas de comprar rollos, revelar negativos, llevar una selección a papel fotográfico y guardar todo en álbumes significaban para mí todo un problema en ese momento por lo que abandoné el medio para centrarme más en el dibujo y la escritura, donde no tenía que pagarle a nadie y era todo más rápido. A la foto volví el año 2009 cuando me compré una cámara Fuji digital semi profesional de lente fijo, que finalmente me robaron en un bus al sur, y luego con una reflex digital Canon el 2012, una T3i, con la que hice la mayoría de las fotos de “Cafeína”.

La apertura que se me abrió con la fotografía digital es la base y el impulso para las fotos que hago ahora.

De niño tenía un afán de coleccionista, en un punto llegué a juntar simultáneamente estampillas, boletos de micro, botellas, tapas de botella, cajas de fósforos, piedras, fósiles, servilletas, monedas, cráneos de animales, huesos varios, insectos, tapas de yogurt, firmas de gente, recortes de diarios, entradas, folletos, panfletos de protesta, etc. Mi pieza era un caos. Creo que para mí el sacar fotos y andar todo el día con la cámara tiene una raíz común con mi vieja naturaleza de coleccionista.

Más que un afán de documentalista nacional, o histórico, en mis fotos hay un afán de coleccionista de experiencias, situaciones, personas, lugares y cosas cercanas que me afectan e importan y que luego serán ordenadas para su contemplación, su reflexión y su perpetuación.

Un tema por el que me atrae de la fotografía es que, y aunque suene medio petulante decirlo, ella está en un punto en que se cruza el existencialismo con la experiencia estética. En el fondo tú estás ahí, tú fuiste a ese lugar, estás dentro de un cuadro real, tridimensional, con olores, ruidos y emociones, intentando hacer un cuadro plástico de lo que estás viviendo en ese momento, una foto que hará perdurar esa fracción de segundo con todo lo que contiene a lo largo del tiempo.